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La mujer de la Curva ~ Relato
post domingo, 13 de octubre de 2013 @ octubre 13, 2013 speech bubble 1 Suspiro (s) | Deja El tuyo...Aquí


La mujer de la Curva


Furioso, golpeé el volante con mi puño mientras soltaba una maldición. El coche se había parado a mitad de camino, dejándome completamente aislado de cualquier lugar. 

No llevaba ningún tipo de teléfono conmigo, así que no podía avisar a nadie para que me recogiese. Tendría que andar hasta el pueblo más cercano, lo cual significaban dos horas de caminata por la oscuridad de aquella solitaria carretera. 
Eran pasadas las diez de una noche de invierno. La luna no iluminaba el firmamento, las estrellas se ocultaban tras nubes de tormenta. Sonidos de animales salvajes se escuchaban en la lejanía. Me aterrorizaba la sola idea de deambular solo en la oscuridad, pero pasar la noche en el coche no era una opción; la prisa me atenazaba.


Medité sobre qué hacer durante largo rato, y finalmente me decidí. Mi vehículo parecía seguro, pero la atmósfera del exterior volvía la situación poco menos que terrorífica. El paseo por el siniestro monte sería una desagradable experiencia, pero sería más rápida. Decidí caminar. 
Rebusqué en la guantera y encontré la vieja linterna que siempre llevaba conmigo. Me alegré al comprobar que todavía funcionaba, aunque la luz que proporcionaba era débil. Me dispuse a comenzar la caminata, pero reculé a los pocos pasos, inseguro. 
Me burlé de mi propia estupidez, y rescaté del fondo de la guantera el cortaplumas de mi hijo, una pequeña navaja de apenas cinco centímetros de longitud; inútil en el caso de que tuviera que defenderme… Pero, 

¿Defenderme de qué? ¿Qué podía atacarme en aquel solitario monte alejado de la mano de Dios? 

No había lobos por la zona, pues los pastores los habían echado. No era un lugar en el que hubiera osos, ni perros, ni ciervos, ni ningún otro animal peligroso. 
Y, sin embargo, a pesar de que me repetí una y otra vez lo innecesario del cortaplumas, me vi incapaz de apartar mi sudorosa mano de aquella fina y quebradiza hoja de acero. 
Finalmente, comencé a caminar. 
Un paso, luego otro. Un paso, otro más. Izquierda, derecha. Izquierda de nuevo, derecha otra vez. La cancioncilla resonaba en mi cabeza mientras la tarareaba, en un inútil intento de alejar de mi mente lo siniestro del panorama. 
Una brisa gélida hacía que me estremeciera cada pocos minutos. El cielo estaba completamente negro, y la oscuridad cubría el monte y la carretera que lo cruzaba, rota únicamente por el resplandor amarillento de mi linterna. Apenas podía ver a tres pasos por delante de mí, y debido a esto titubeaba, dudaba, al caminar. 
El aullido del viento se escuchaba de fondo, confundiéndose de vez en cuando con el sonido de un lobo al aullar. 
Crujidos, susurros, lamentos, suspiros, gruñidos; todos ellos se escuchaban a mi alrededor, sin que yo pudiera determinar de forma alguna su dirección u origen. Mi corazón latía cada vez más rápido, mientras interiormente rogaba por que callase, suplicaba que no hiciera tanto estruendo, que no alertara a lo que fuera que estuviera en aquel monte que la carretera cruzaba. Mi respiración fue volviéndose más y más queda, en mi desesperado intento por hacer menos ruido. 

Un paso, luego otro. Un paso, otro más. 

Poco a poco avanzaba por aquella solitaria y oscura carretera, con la linterna en una mano y la navaja en otra. Intenté distraerme pensando en algo que no fuera mi situación. Mi hijo, el motivo por el cual estaba a aquellas horas de la noche, el motivo por el cual mi coche debía haberse parado… Inútil, completamente inútil. A pesar de todos mis esfuerzos, mi mente no pudo centrarse, y finalmente me di por vencido. 
Tendría que conformarme con tararear aquella cancioncilla. 

Izquierda, derecha. Izquierda de nuevo, derecha otra vez. 

Si al menos el viento amainase, si al menos la luna iluminara el cielo… Aquella negrura que me rodeaba me oprimía, me aplastaba, me robaba el aliento. Las sombras lamían mis piernas, y sentía, sabía, que avanzaban lenta pero inexorablemente hasta mi pecho. Sentía los pies pesados, mis rodillas perdían fuerzas. Al enfocar la linterna hacia mis tobillos, las sombras huían, liberándome, pero volvían en cuanto el haz de luz las dejaba, trayendo consigo aquella horrible sensación. 
Mis ojos se abrían más y más, intentando perforar aquella oscuridad, aquella maldita oscuridad… Su densidad era casi sobrenatural, y cada vez parecía más y más impenetrable. Notaba cómo avanzaba por mi rostro, cómo se introducía por mi boca, por mis oídos, por mi nariz, por mis ojos… cómo avanzaba, imparable, ennegreciendo todo lo que tocaba… robando la luz de mi cuerpo… de mi mente… 
De mi alma… 

Un paso, luego otro. Un paso, otro más. 

La carretera era vieja, y estaba mal asfaltada. Agujeros e imperfecciones la cubrían por entero, creando sombras que se resistían a desaparecer a la luz de la linterna. Cada paso que daba creaba un sonido que para mis oídos era ensordecedor. 

Izquierda, derecha. Izquierda de nuevo, derecha otra vez. 

Un susurro, un crujido. El aullido del viento. Cada pocos segundos algún sonido aparecía y hacía que mis sentidos se volvieran locos y mis pensamientos divagaran por senderos tenebrosos. ¿Era el viento moviendo las hojas? ¿Era una rama que, vencida por la vejez y el musgo, caía desde lo alto del árbol muerto? ¿Era un alma errante que, en aquel profundo bosque, buscaba compañía? ¿Era un demonio del averno que buscaba alimentarse de mis entrañas? 
El aullido del viento, el eterno e interminable aullido del viento, igual al que emitía un lobo al llamar a sus compañeros, sonaba por entre las ramas de los árboles. Siempre de fondo, siempre atemorizador. Siempre haciendo que me encogiera sobre mí mismo, asustado. Pero, ¿Era de verdad el viento? ¿O era en realidad el chillido de alguna bestia? ¿Pronosticaba acaso aquel aullido mi muerte? 
No podía hacer nada, no podía saber nada. Tan sólo cabía aguantar y seguir avanzando por aquella carretera, con aquel sonido de fondo. Siempre con ese aullido inhumano, aterrador, perforándome los oídos 

Un paso, luego otro. Un paso, otro más. 

No era posible aguantar así mucho más. Sudaba, aun a pesar de que el frío me apuñalaba las entrañas. La carretera que atravesaba el monte era dentro de mi mente la carretera hacia el infierno, pues nada que no fuera el averno podía esperarme al final de tal camino. 
Tan sólo suplicaba que todo acabase. La muerte… ¡La muerte era mejor que aquella agonía! ¡Cualquier cosa, con tal de no tener que sufrir así durante más tiempo! 
Y, sin embargo, aunque dentro de mi mente gritaba estas palabras con todo mi aliento, seguía caminando, deambulando por aquella maldita carretera. 

Izquierda, derecha. Izquierda de nuevo, derecha otra vez. 

El monte no se acababa. Conocía el camino, y sabía que aún me esperaba mucho tiempo hasta que lo cruzara completamente… y llegara a donde fuera que acabara la carretera. Mi mente ya no funcionaba, estaba completamente dominada por el terror. Ya ni siquiera sabía por qué había empezado el viaje en coche aquella noche. Tan sólo el deseo de acabar con la caminata, con la agonía, llenaba mi cabeza. 
Y de pronto, ocurrió. 
Mi linterna alumbró algo en medio del camino. Un resplandor blanco que, entre aquella tenebrosa negrura, me cegó y me hizo apartar la vista. 
La primera reacción, el terror. ¿Qué era aquello en medio del camino? ¿Un demonio? ¿Un fantasma? ¿La Parca misma? 
La segunda reacción, la extrañeza. No había oído ningún ruido, ninguna respiración. Tampoco recordaba nada de ese color en el monte. ¿Un ciervo albino, acaso? ¿Algo inofensivo? 
La tercera reacción, la curiosidad. ¿Qué podía ser aquello blanco en el camino? ¿Por qué me había cegado? 
Y por último, la alegría. Una alegría estúpida, infantil. Alegría por el hecho de haber olvidado el terror durante unos segundos, al menos. 

Y me detuve, a observar qué era aquello. 
Cuál fue mi sorpresa al averiguar que aquel albo objeto que me había cegado no era un ciervo o un espectro. 
Era una muchacha, que vestía un vestido blanco como la nieve. 
Pero no era una muchacha, era una mujer. Una mujer alta, esbelta, grácil. Su pelo negro caía en cascada y se desparramaba por sus hombros, atrayendo mi atención. 
Oh, su pelo. Su cabello color azabache reflejaba la sucia luz de mi linterna, transformándola en un blanco y prístino brillo. Un brillo que cambiaba con cada movimiento de cabeza de la mujer, creando bellos dibujos que eran destruidos al momento, con el siguiente cabeceo. Aquel cabello era algo mágico, algo demasiado valioso para este mundo. 
Me quedé fascinado por aquel cabello. Más oscuro que la misma oscuridad que me rodeaba, y a la vez más brillante que el mismo sol. 
Entonces, la mujer se volvió y me miró a los ojos. 
Y me olvidé por completo de su cabello. 
Su rostro no era digno de atención. Unos pómulos normales, una frente blanca, una nariz pequeña. Sus labios eran rojos como la sangre, pero eso tampoco fue lo que atrajo de ella. 

Eran sus ojos. 

Aquellos ojos no eran de este mundo, estoy seguro. Azules como zafiros, fríos como el hielo, profundos como el mar. Su mirada me taladró profundamente, y sentí cómo leía todo lo que por mi mente desquiciada por el terror pasaba. 
Sus pupilas eran pequeñas, casi invisibles. Su negrura era comparable a la de su cabello, y no brillaban ni reflejaban nada. Sus ojos eran opacos, como el ébano. Por mucho que enfocara la linterna en su dirección, no se inmutaban. 
Inmóviles cual anciana encina, aquellos ojos se clavaban en un punto y no se apartaban de él hasta que no escudriñaban todos y cada uno de sus secretos. 
Cuando la mirabas a los ojos, sentías cómo parte de tu ser salía fuera de tu cuerpo y entraba en ellos, como si cada mirada suya te robara parte del alma. 
Aterradores. 
Cuando la mirabas a los ojos, sentías cómo parte de tu corazón se encogía, sobrecogido por la infinita profundidad de aquellas dos esferas azules, que nunca, nunca se movían. 
Embelesadores. 
Cuando la mirabas a los ojos… 
Sufrías temblores por todo el cuerpo. 
Sentías cosquilleos en las extremidades. 
Notabas frío en el corazón. 

Aturdido, me di cuenta de que me había quedado mirando a aquella mujer durante… ¿Cuánto? Ni siquiera ahora lo sé. Pudieron ser segundos, pudieron ser horas. 
Ella parpadeó, rompiendo el hechizo que sobre mí habían conjurado sus dos ojos. Parpadeé a mi vez, intentando aclarar mi mente, y conseguí hilar algunas palabras con una débil voz. 

-¿Quién…? ¿Quién eres? 

Ella me miró de nuevo, con aquellos ojos azules. Su rostro no dejó entrever ninguna emoción, pero me contestó, con una voz tan fría como sus pupilas. 

-…Me llamo… Amanda –me contestó. 

Hablaba a un volumen muy bajo, pero pude oírla perfectamente en aquel lúgubre silencio que nos rodeaba, roto tan sólo por el aullido, el sempiterno aullido, del viento. Su voz era muy suave, como de niña… 
-¿Qué haces aquí? –le pregunté. 
Me miró en silencio, sin parpadear. Tras unos segundos, volvió a hablar con aquella fría y silenciosa voz. 
-…Caminar. Necesito llegar a un lugar… y para ello, debo caminar. Pero no tengo… -Parpadeó. -…luz. 
Tragué saliva. Aquella mujer me producía una sensación extraña… me sentía inseguro. Sin embargo, me dije, cualquier cosa era mejor que caminar solo por aquella maldita carretera. 
Amanda no dijo ni hizo nada más, simplemente se quedo mirándome. Aturdido, tardé en comprender que esperaba que yo empezara a caminar para seguirme. 
Sin dejar de temblar, volví a moverme, mientras observaba las abstractas figuras que mi aliento creaba al salir de mi boca en forma de nube. El frío había aumentado, y no creía poder aguantar mucho más. 
Amanda empezó a caminar detrás de mí. Tuve que girarme para asegurarme que estaba allí, pues no conseguía oír sus pasos. Mis pisadas causaban un estruendo que en mis oídos resonaba como mil campanas, mientras que Amanda era silenciosa como un espíritu. 
Tras asegurarme de que estaba conmigo, continué andando. Sin embargo, la inquietud continuaba aflorando en mi pecho, sin que yo pudiera hacer nada. A pesar de estar acompañado, no notaba diferencia alguna a deambular solo. La misma oscuridad, el mismo aullido del viento, el mismo frío, el mismo terror… Pregunté a Amanda si quería caminar junto a mí, pero ella se negó. Compungido, me vi obligado a repetir la cancioncilla que evitaba que cayera en la locura. 

Un paso, luego otro. Un paso, otro más. 

Ambos continuamos caminando, sin que la carretera y el monte parecieran acabar nunca. El frío aumentaba, pero por el rabillo del ojo apreciaba que Amanda era inmune a la temperatura. Aquel blanco vestido que portaba dejaba sus pálidos brazos al descubierto, pero ella no temblaba. Ni siquiera podía ver el vaho de su aliento. 
Ni siquiera podía escuchar el sonido de su respiración. 

Izquierda, derecha. Izquierda de nuevo, derecha otra vez. 

Pronto empecé a temer a Amanda más que al propio monte. No respiraba, estaba seguro. Y sus ojos… sus ojos no eran de este mundo. 
No era humana. No podía serlo. 
¿Y si ella era una aparición, un espectro del inframundo? ¿Acaso corría peligro mi vida? ¿Mi alma? 
Y, entonces, ella habló. Susurrando, con aquella voz de niña. 
-…El monte está tranquilo de noche. 
Di un respingo, pero intenté disimular todo lo que pude el terror que aquella voz me causaba. 
-Sí… Y muy oscuro también. ¿Crees que nos queda mucho camino? 
Amanda no contestó a mi pregunta, sino que se quedó en silencio. Asustado, murmuré su nombre, y esta vez pareció escucharme. 
-Queda poco camino… pronto llegará la medianoche –dijo. –Y a medianoche estaremos más allá del monte. 
Tragué saliva. Aquella voz de niña susurrante no me gustaba. No era natural. No podía ser nada benigno. -¿Cómo estás tan segura? 
-Lo estoy. Conozco este camino muy bien –respondió. –Lo recorro cada noche… Cada noche. 
-¿Por qué? –La curiosidad me embargó, alejando el terror por un momento. Sin embargo, Amanda no me contestó. 
-Este camino acaba en una gran curva… Una curva muy peligrosa. 
-Lo sé –respondí, molesto. Amanda ignoraba determinadas preguntas, y no me gustaba su manera de hablar… No me gustaba nada de ella. –La crucé al venir por aquí… antes de que mi coche se detuviera. 
-Los coches son peligrosos –dijo la mujer. –Y la curva también. Al monte no le gustan… el monte quiere estar siempre en paz, pero todo eso lo perturba. 
-¿Qué…? 
-Ya casi es medianoche –me interrumpió. –Y la luna va a aparecer. 
Me giré para mirar a Amanda, pero justo entonces, las nubes se apartaron y la luna salió. ¿Había estado el astro lunar tras una nube de tormenta todo el tiempo? No podía recordarlo. Tampoco me importaba, pues el brillo de la luna llena iluminó mi alrededor, y por fin pude apreciar dónde estaba. 
Me encontraba casi al final del monte, muy cerca de la curva que Amanda había mencionado. Eufórico, me di cuenta de que el tétrico viaje había terminado ya. Había cruzado el monte, las tinieblas habían sido rechazadas por la luz. ¡Por fin podía volver a casa! ¡Por fin había acabado la pesadilla! 
Sin pensarlo siquiera, eché a correr. Corrí lo más rápido que pude, hasta que salí del monte y llegué a la curva, con su carretera bien asfaltada, con su luz y su simpleza, donde me detuve a recuperar el aliento, agotado. La felicidad henchía mi pecho. 
Entonces, Amanda apareció a mi lado, aunque yo no la había visto correr detrás de mí. Ignorando mi sorpresa, volvió a hablar. 
-Esta curva no es segura –me dijo. –No podemos permanecer en esta curva a medianoche. Apenas queda un minuto. 
-¿De qué estás hablando? –Le respondí, cortante. Bajo aquella blanca luz, Amanda ya no me daba miedo… aunque estaba más pálida que nunca. 
La mujer clavó sus dos ojos en mí. –No te queda apenas tiempo. Sal de esta curva, casi es medianoche. 
Retrocedí ante su mirada, pero no hice caso de sus palabras y me quedé en el centro de la carretera, completamente bañado por la luz de la luna. 
Amanda no se movió durante unos segundos, y finalmente cerró sus ojos y suspiró. –Ya es medianoche. Tu destino está escrito. 
-¿Qué…? –musité, asustado de nuevo. No entendía nada de lo que decía Amanda. 
Ella empezó a caminar en mi dirección. Hechizado por sus ojos, no reaccioné. -Hoy morirás. En esta curva, tu vida será arrebatada por el monte, como tantas otras antes que la tuya. –No me dio tiempo a hacer nada. 
En apenas medio segundo, Amanda llegó hasta mi lado y me cogió la cara con las manos. Sin musitar palabra, acto seguido me besó. 
Sus labios tocaron mis labios. 
Y noté un frío intenso que me apuñalaba el pecho con mil agujas, mientras el aire de mis pulmones se escapaba. Surgió hielo en mi boca, fuego en mi cabeza. 
Mi cuerpo no se movía, no era dueño de él. La piel se me puso de gallina, mis cabellos apuntaron al cielo. 
Mi vista se nublaba, mis oídos se llenaban con el aullido del viento. Mi mente no funcionaba, no podía pensar. 
Mi aliento se perdía poco a poco, absorbido por la garganta de Amanda. Sentí cómo la mujer se bebía mi alma, mi esencia… 
Cómo Amanda acababa conmigo. 
Entonces, se separó de mí. Aturdido, me di cuenta de que seguía vivo. Aquel beso no me había matado. No sé cuánto tardé en percatarme de esto, pero en cuanto lo hice, Amanda volvió a hablar. 
-Te dije que esta curva era peligrosa… -se dio la vuelta y empezó a caminar poco a poco, hasta que se desvaneció en el aire como un jirón de niebla. 
-…Yo misma morí aquí –dijo su voz, en el viento. 
Y entonces, un par de faros me cegaron. Una bocina me taladró los oídos mientras un vehículo que surgía de la nada se abalanzaba sobre mí, a una velocidad endemoniada. 
Yo estaba en medio de la carretera. Si el coche me golpeaba, comprendí, sería un golpe mortal. Intenté apartarme del camino, pero aquel beso había acabado con mis reflejos. 
No me dio tiempo a reaccionar.


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Subido el: domingo, 13 de octubre de 2013 octubre 13, 2013
1 Suspiro(s).

1 Comentarios:

Blogger Lady Magenta dijo...
Umh... hoy es lunes... tengo una estricta regla de nada de cosas de terror los lunes o.ó
Mañana me paso y lo leo owó... *piensa* emh... mejor acuerdame D: tengo memoria de pez(? xD
14 de octubre de 2013, 12:58 


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